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Crónica: Despedir el año en el campo de batalla

La imprevisibilidad de la vida tiene el poder de sorprender hasta a la persona más preparada del planeta. En mi caso, siempre he intentado -con bastante éxito- anticipar los sucesos y así diseñar un plan de acción para lidiar con cualquier situación. Pero no siempre las cosas salen como las tenemos en mente.

Luego de decirle adiós al 2014 a las doce de la medianoche (hora de Francia, eran las siete en Puerto Rico) y tras disfrutar de un suculento pavo asado que por error cociné al revés, tomé varios minutos para verificar que mi equipo de trabajo funcionase a la perfección en mi primera cobertura de despedida del año en el Centro Médico de Río Piedras. A las 10 de la noche (hora local) emprendí mi trayecto desde Bayamón, no sin antes detenerme en una farmacia para tomarme un justo y necesario café.

La carretera, al igual que la noche, estaba totalmente despejada y los fuegos artificiales se podían observar con mucha facilidad. Aproveché el placentero panorama para ordenar mis ideas y cambiar mi estado de ánimo de celebración a otro de seriedad y sosiego. Tenía una noción de lo que me esperaba pero jamás imaginé lo que realmente allí ocurriría.

Llegué al hospital y me estacioné a varios metros de la única entrada de la sala de emergencias. Saludé a mi compañero fotógrafo Sebastián Pérez y a varios camarógrafos de diferentes noticiarios quienes, al igual que yo, estaban allí esperando que la primera ambulancia llegara a la institución hospitalaria.

- Ya tu verás que no va a pasar nada este año - aseguró uno de los camarógrafos quien teorizaba que varios días atrás la Policía había interceptado una gran cantidad de material pirotécnico y que por ello la cantidad de heridos iba a disminuir drásticamente. Mientras Sebastián compartía su opinión sobre la diferencia del impacto de una bala perdida de acuerdo a la dirección en que se dispare, mi mirada se dirigió a las puertas corredizas del vestíbulo de la sala de emergencias. A través del cristal observé a uno de los guardias de seguridad que, con rostro tenso, también me observaba caminando hacia él.

Toqué el cristal y el agente la abrió con sus dos manos. Al parecer, la puerta estaba dañada o quizás la habían cerrado para controlar el flujo de personas que entraban y salían de la sala.

-Buenas noches y felicidades. Mi nombre es Rafelli y estaré cubriendo la despedida de año para El Nuevo Día - fueron mis primeras palabras al agente Rodríguez quien me estrechó su mano, soltó una tenue sonrisa y replicó un simple - muchas gracias -. Sebastián se acercó a nosotros y comenzó a explicarle que estábamos desarrollando una crónica sobre cómo era una despedida de año para los empleados del Centro Médico. En ese momento, el guardia dio un paso hacia atrás y reaccionó muy respetuosamente.

- Se supone que nosotros no hablemos de los pacientes. A mí no me gusta eso de salir en cámara. Mejor vayan al área de las ambulancias que allí están los guardias que a lo mejor te pueden hablar – dijo el agente.

- Pero si es algo rapidito. Le prometo que no tomará ni dos minutos. Así aprovecha y le envía saludo a su familia para que acumule puntos - , le dije en tono jocoso con la esperanza de “ablandarlo” un poco. Pero el hombre se mantuvo firme en su posición, así que decidimos caminar hacia el área de ambulancias como nos había sugerido. Mientras nos retirábamos del lugar, giré mi cabeza hacia la derecha para mirar por última vez la sala de emergencias. La mayoría de las sillas estaban vacías con excepción de un asiento que ocupaba una mujer con ropa de dormir que miraba a un punto fijo en total concentración.

- La seguridad como que es bien hermética aquí – le comenté a Sebastián quien asintió con la cabeza y se retiró a hablar con el compañero camarógrafo que estaba sentado en una sillita de playa que había traído de su casa.

- Ya se reportó un caso de herida con “cherry bomb” pero fue temprano. Como a las ocho de la noche – dijo el camarógrafo mientras buscaba una aplicación en su celular para conectarse a la frecuencia de la policía y monitorear la acción.

En el portón por donde las camillas pasaban para ganar acceso al hospital se apostaba el agente Ricardo Santiago. Me contó que ya era la quinta vez que se le asignaba el turno de año nuevo.

- Definitivamente una noche en Centro Médico es muy complicada. Es una aventura. Nada es predecible – expresó el guardia quien recordó la muerte de Karla Michelle por una bala perdida en el 2011.

- Mi hija de 12 años se pasaba en la casa de Karla Michelle porque es amiga de su hermana. Estudiaron juntas – confesó el agente mientras Sebastián lo grababa.

A medida que se acercaba la medianoche, más rápido caminaba de lado a lado con libreta y celular en mano, listo para comenzar a recibir los heridos.

- ¿Cómo voy a hacer esto? - me preguntaba. La idea de tener que entrometerme en un suceso traumático tanto para el perjudicado como para su familia no era una realidad con la que estuviese acostumbrado. Durante esa lucha mental, una minivan se estacionó cerca de los espacios reservados para ambulancias.

Me acerqué al vehículo que ya tenía abierta una de las puertas traseras. De repente, una silla de ruedas me pasó por el lado. Sentada en ella estaba un hombre como de sesenta años y con ropa que usualmente utilizan los pacientes. Otro caballero lo empujaba hacia la minivan cuando de pronto la puerta del pasajero también se abrió y una mujer de edad avanzada se bajó del automóvil.

Miré el reloj que en ese momento marcaba las 11:35 y me dirigí hacia la dama que ya estaba frente al hombre en silla de ruedas. Se trataba de su hijo quien había sido dado de alta. El hombre que lo escoltaba era inquilino de la mujer que le hizo el favor de llevarla a recibir a su vástago.

- Hola señora, me imagino que está feliz de tener a su hijo a su lado para despedir el año – le pregunté. La anciana levantó su cabeza y me miró atentamente como por diez segundos. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

- Es que ella tiene a su esposo en el hospital Pavía hace tres días – señaló su inquilino. La señora de 81 años me agarró la mano y me echó la bendición. Cruzamos miradas por segunda ocasión, la abracé y le deseé un feliz año nuevo, a pesar de que sabía que no despediría el año como lo hubiera querido.

A minutos de recibir el 2015 mientras contemplaba una secuencia de fuegos artificiales que se veían justamente encima del hospital, se escucharon varias detonaciones.

- Yo creo que ya es hora de que se acerque un poquito más para acá – me dijo el colega de Telemundo señalando un lugar con techo bastante cerca de la entrada principal.

- ¡Feliz año nuevo! – gritó súbitamente la secretaria del área médica Norat Maldonado, quien abrazó a varios compañeros de trabajo a las afueras de la sala de emergencias mientras tocaba su corneta y exhibía un curioso sombrero. Luego de hablar brevemente conmigo, regresó a su área de trabajo.

Ya era el año 2015 y la despedida de año pasó desapercibida en el hospital. Una extraña calma se respiró en el ambiente. Pero esa tranquilidad duró exactamente cincuenta minutos.

- Por ahí viene la primera – expresó Sebastián mientras las paredes claras del edificio reflejaban luces anaranjadas. A partir de ese momento, el flujo de ambulancias no paró. Herido tras herido llegaba a la institución. Los paramédicos se bajaban a toda prisa para sacar las camillas una y otra vez. Todo parecía una secuencia que no tenía fin.

- ¿Qué le pasó? – le pregunté a un hombre que llegó al hospital caminando. Me mostró su mano derecha que destilaba sangre por todo el piso.

–Sobraron unos cuantos y decidimos tirarlos casi ahora con un mortero- reveló su novia quien lo acompañó hasta el interior del edificio. A Nelson Suárez de 26 años se le desprendió la uña y parte de su dedo corazón producto de la pirotecnia.

No hubo descanso por cuatro horas seguidas. Todo el personal del hospital, al igual que yo, trabajó arduamente para atender las emergencias que llegaban a la institución.

- Esto es un sacrificio y una responsabilidad que lo hacemos con mucho gusto para el pueblo de Puerto Rico – expresó el guardia que varias horas atrás había vaticinado una noche impredecible. Esas palabras me hicieron entender muchas cosas.

Es cierto que trabajar en despedida de año es un gran sacrificio. Pero fue uno compartido con cientos de empleados de la salud que dejan a un lado sus familias y la celebración para salvar vidas.

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Fuente: El Nuevo Dia